Ahora es Trump el que embiste contra Venezuela

Texto: Emilio Marín. Tomado de Diario La Arena.

Venezuela es la gran obsesión de los gobiernos estadounidenses desde que en 1999 asumió la presidencia Hugo Chávez, hasta hoy, cuando gobierna Nicolás Maduro, elegido en 2013.

La obsesión se explica fácilmente. Es el país que tiene las reservas comprobadas de petróleo más importantes del planeta, superiores a las de Arabia Saudita. El imperio estuvo acostumbrado a succionar ese crudo en tiempos de la IV República de adecos y copeyanos. Y en lo político, porque desde que Venezuela tornó a una época bolivariana fue un pésimo ejemplo desde la óptica imperial, muy positivo para el destino regional que la tuvo como un referente y ayuda a su desarrollo. Incluso la revolución cubana, tan bloqueada y aislada antes, contó con su generoso apoyo, que como toda solidaridad verdadera, fue de ida y vuelta.

Un pico de la agresividad norteamericana fue en abril de 2002, con el golpe de Estado pergeñado por George W Bush y José María Aznar, que desalojó por menos de 72 horas a Chávez del Palacio de Miraflores. Y otro choque fue en 2010, cuando Barack Obama echó al embajador de Venezuela de Washington, Bernardo Alvarez, enojado porque en Caracas habían rechazado la nominación de su embajador Larry Palmer, comprometido ante el Senado a trabajar para el derribo del gobierno chavista.

Desde entonces la tensión fue siempre en línea ascendente, con Estados Unidos como el gran injerencista en los asuntos venezolanos. Cada paso que dio la oposición, hace años nucleada en la Mesa de Unidad Democrática, estuvo apoyado en los dineros, los medios, las fundaciones, leyes y órdenes ejecutivas estadounidenses, con sanciones comerciales, financieras y sobre todo políticas.

Ese summun pegó un salto en diciembre de 2014, cuando el Senado norteamericano aprobó una ley con sanciones a Venezuela argumentando que allí se violaban los derechos humanos, la libertad de prensa y la democracia. El 8 de marzo de 2015 el presidente Obama emitió su primera orden ejecutiva sancionando al país sudamericano por considerar que significaba un grave peligro a la seguridad nacional estadounidense. Y en función de ello confirmaba las sanciones del Congreso contra funcionarios y empresas venezolanas.

Obama prorrogó en 2016 esa orden ejecutiva, desafiando los reclamos de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) que abogaron por Venezuela. A una semana de irse de la Casa Blanca, el 13 de enero pasado, el increíble Premio Nobel de la Paz 2009 firmó la segunda prórroga de agresiones contra la nación bolivariana.

Todas las sanciones revelan que el imperio estaba detrás de la violencia y planes golpistas en Caracas. La ley votada por el Senado en diciembre de 2014 fue coincidente con que Venezuela había derrotado las guarimbas del operativo golpista “La Salida”. Se había juzgado a Leopoldo López, de Voluntad Popular y la MUD, condenado a 14 años de prisión por diversos delitos que ese año provocaron 43 muertos y 3.000 heridos. Derrotada en su casa, la MUD fue a buscar ayuda de sus controlantes y así nacieron las leyes y sanciones al país.

 

Ahora Trump

Durante los ocho años de su mandato, Obama y sus departamentos de Estado, del Tesoro y de Defensa hicieron las mil y una para derrotar a Maduro. Además de apañar los graves incidentes callejeros, se creaban dificultades económicas, comerciales y financieras: una economía desfalleciente empujaría a la población a pedir la cabeza del sucesor de Chávez. De allí generaron inflación altísima, desabastecimiento, contrabando hacia Colombia, especulación financiera, etc.

Y, como complemento fundamental, las mentiras mediáticas de la CNN y medios privados, que competían en presentar a Maduro como un dictador. Cualquier semejanza con las campañas similares contra Cristina Fernández de Kirchner, Dilma Rousseff, Evo Morales y Rafael Correa, no era mera coincidencia. Había un patrón en común: mentir, mentir y mentir.

En septiembre de 2016 la ex periodista de CNN, Amber Lyon, explicó que el gobierno de EE UU pagaba a ese medio para orientar sus informes de modo de golpear a gobiernos díscolos y disimular las arbitrariedades de sus amigos, caso de Bahrein.

Las renovadas campañas de esa cadena en Venezuela llevaron al gobierno a sacarla de circulación, invocando razones legales. Todos los miembros de la Sociedad Interamericana de Prensa clamaron contra ese hecho “dictatorial”. Venezuela se preguntó: Mauricio Macri pudo sacar de la grilla a Telesur y siguió siendo “un presidente democrático”, ¿por qué Maduro es un dictador por hacer lo mismo con CNN? La respuesta obvia es que Macri es del palo de la CNN, la SIP y la Casa Blanca, aunque sólo le hayan atendido el teléfono cuatro minutos…

Maduro pensó que Donald Trump no podía ser peor que su antecesor y se dispuso a darle tiempo para reencauzar la relación en términos pacíficos. Error. El 13 de febrero el gobierno norteamericano anunció sanciones contra el vicepresidente de Venezuela, Tareck El Aissami. El titular de la Oficina para el Control de Bienes Extranjeros (OFAC) del Departamento del Tesoro, John Smith, lo incluyó en la lista de narcotraficantes invocando la Ley de Designación de Cabecillas Extranjeros del Narcotráfico (Foreign Narcotics Kingpin Designation Act). Revocaron su visa y sancionaron a empresas de Samark José López Bello, a quien señalaron como “testaferro” suyo.

Fue el primer golpe duro de Trump contra Venezuela. Cinco días antes un grupo de congresistas de extrema derecha, ligados a la mafia anticubana de Miami, habían dirigido una carta a Trump pidiendo esas sanciones. Entre los firmantes estaban la congresista republicana de Florida, Ileana Ros-Lehtinen; el senador demócrata por New Jersey, Bob Menéndez y una treintena de legisladores, entre ellos Mario Díaz-Balart y los también senadores republicanos Marco Rubio y Ted Cruz.

No fue casual que tras ese pedido apareciera la sanción y provocación contra El Aissami y que dos días más tarde, el 15 de febrero, Trump recibiera junto al vice Mike Pence y el senador Rubio, a Lilian Tintori, la esposa de López, el condenado. Tintori reclamó más acciones concretas en contra de Venezuela. Atizó el fuego en un momento muy delicado, cuando está estancada, por no decir fracasada, la negociación entre el gobierno y la MUD, con facilitadores internacionales y auspicio inicial del papa Francisco.

 

Respuestas de Venezuela

El gobierno bolivariano tuvo rápidos reflejos para contestar los agravios. Al día siguiente de la sanción de la OFAC, la canciller Delcy Rodríguez llamó al encargado de negocios norteamericano, Lee McClenny, y le entregó dos notas de protesta por las “medidas unilaterales y extraterritoriales’’ y exigiendo “respeto a una alta autoridad mediante las redes sociales de la embajada de EE UU en Venezuela’’.

Como forma práctica de desmentir las acusaciones contra El Aissami, la canciller recordó que desde que Venezuela expulsó a la DEA, en 2006, el país había incautado 55,5 toneladas de drogas, resultado muy elogiado por la ONU y entidades de lucha contra el narcotráfico. Y que cuando El Aissami fue ministro de Interior (2008-2012), las autoridades venezolanas capturaron a 102 capos de la droga y 21 fueron extraditados a EE UU.

El 14 de febrero Maduro le exigió a su contraparte estadounidense que se retractara y ofreciera disculpas a El Aissami. “Es una agresión que Venezuela responderá paso a paso con equilibrio y contundencia’’, declaró en cadena de radio y televisión. Del otro lado no dijeron ni mu. Trump no piensa en ninguna disculpa sino en profundizar la herencia maldita de Obama.

Venezuela no está sola. Cuando el 13 de enero se conoció la segunda prórroga de la orden ejecutiva de Obama, el Movimiento de Países No Alineados emitió un comunicado crítico. Y el 16 de febrero, luego que Trump y su departamento del Tesoro sancionaran y agraviaran al vicepresidente venezolano, ese Movimiento emitió otra declaración donde “rechaza la más reciente decisión del Gobierno de Estados Unidos de América, de expandir sus medidas coercitivas unilaterales contra nacionales y entidades de la República Bolivariana de Venezuela”.

Por supuesto que la pelea dentro y fuera de Venezuela continúa, y que la derecha y su sponsor imperial están lejos de haber sido derrotadas. Sin embargo algunos fracasos ya cuentan, por ejemplo el 10 de enero pasado desapareció la posibilidad “legal” de revocar el mandato de Maduro. La oposición juntó firmas en 2016 pidiendo ese recurso de la Constitución chavista, pero falsificó muchísimas otras y puso rúbricas de menores y muertos. La Comisión Nacional Electoral y el Tribunal Supremo de Justicia rechazaron ese fraude y no hubo revocatorio. Ellos querían votar para sacar al presidente y luego tener elecciones anticipadas, para lo cual la Asamblea Nacional, de mayoría opositora, desconoció al mandatario. Ahora tendrán que aguantárselo a Maduro hasta 2019 y en el caso, improbable, que logren sacarlo de su puesto, ocuparía su lugar hasta el final del mandato nada menos que El Aissami. O sea que para la MUD puede ser el remedio peor que la enfermedad.

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