Cuba y el plan Kennedy

Tomado de Cubadebate.

Sería muy largo enumerar en este artículo qué es Cuba y qué significa para América y por qué. Bástenos señalar que nosotros consideramos a Cuba como el reflejo americano del cambio cualitativo de fuerzas en el mundo y la expresión de la irreversibilidad absoluta de las revoluciones auténticamente populares en esta época de tránsito al socialismo. Pero, independientemente de la significación relativa de Cuba, en América tiene una significación absoluta que es el ejemplo vivo dado a todos los pueblos del hermanos; una revolución que habla español entre veinte Estados que hablan español o lenguas romances tiene una capacidad de enseñar con su ejemplo como ninguna otra. Lo didáctico de la Revolución cubana se nota en los miles de gentes de todas las ideologías que pasan por este país y llegan al suyo habiendo modificado sus conceptos sobre la lucha revolucionaria.

Estados Unidos, si no podía destruirnos de inmediato, tenía que tratar de aislarnos primero para destruirnos después. La reunión del Consejo Interamericano Económico Social (CIES) en Punta del Este (agosto de 1961) era la preparación de este aislamiento que iba a iniciarse con la demostración palpable de que con Cuba no se podía contar, que venía solamente a boicotear la conferencia y que estaba interesada, “siguiendo los dictados de Moscú”, en impedir que los norteamericanos dieran su “generoso” préstamo a las naciones de América. La propaganda continental se centró sobre este punto.

Sin una genuina representación popular en sus gobiernos respectivos, la mayoría de las delegaciones dudaban sobre la forma de tratar al enemigo imperialista. Llenas de preocupación sobre la tarea del pueblo en la lucha (pensando, a veces, que este es un niño pequeño y obtuso al que hay que dirigir sabiamente; considerando, otras, que es un gigante astuto y peligroso al que hay que mantener siempre lejos del poder), las burguesías y pequeñoburguesías nacionales establecieron su lucha de principios e intereses con el imperialismo y con los latifundistas y las burguesías importadoras.

Las contradicciones llegaban al seno mismo de las delegaciones; era frecuente observar durante el trabajo de las comisiones un cambio en la posición asumida por un país, al remplazar, por cualquier motivo, un representante por otro en la mesa de discusiones.

Ocurrido el golpe militar en Brasil, después de la reunión del CIES, es bueno que se sepa que nuestra primera entrevista personal con el ministro de Finanzas y jefe de la delegación de aquel país, Mariani, fue negativa. El ministro Mariani adoptó una actitud casi insultante contra la delegación cubana con respecto a la libertad de expresión en Cuba. Después recibieron órdenes precisas del presidente Quadros y la delegación brasileña adoptó una actitud oficial favorable a Cuba aunque, personalmente, la jefatura de la misma estaba muy lejos de simpatizar con los postulados de la representación cubana. Es bueno recordar que el señor Mariani es un floreciente banquero de Brasil y que fue ministro de Finanzas en el gabinete espurio de Mazzilli.

Además de Brasil, hubo otros dos gobiernos que mantuvieron una digna actitud con respecto a Cuba. Uno fue Bolivia, donde se ha realizado una revolución democrático-burguesa en el seno de una población minera y campesina profundamente explotada; país mediterráneo, estrangulado por el gran capital de los países vecinos y ahogado, en última instancia, por el opresor común que es el imperialismo norteamericano. La delegación brasileña presentó el plan de desarrollo más concreto, excluido el presentado por Cuba, y tuvo una actitud general bastante positiva. En el léxico especial del titiriterismo de estas conferencias, se llamaba a los representantes bolivianos “los primos hermanos de Cuba”, título semiofensivo, semiadministrativo que le adjudicaban los sumisos a ultranza.

El otro país fue Ecuador. El Ecuador posee características diferentes a las de Bolivia. En su gobierno tienen influencia los círculos patrióticos y democráticos del país, que apoyan activamente a la Revolución Cubana. La burguesía nacional ecuatoriana mantiene una posición más netamente antiimperialista que la de otros países latinoamericanos.

Hubo una serie de países que, por especiales circunstancias de equilibrio entre las fuerzas disímiles que componen los gobiernos, no podían desarrollar una política propia ni estaba totalmente en su ánimo plegarse gratuitamente a los dictados de Washington; fueron a buscar ventajas concretas y se convirtieron en simples observadores de la lucha ideológica, atentos solo a los intereses particulares de cada uno de ellos. Podría citarse aquí a Argentina y Chile, aunque no fueron los únicos.

Uruguay presentó la característica especial de que su delegación tenía, como ninguna, contradicciones internas violentísimas, no de carácter clasista, sino políticas, dado que la delegación, muy nutrida, abarcaba casi el total de la vida política de uruguaya. Era curioso observar cómo de un día para otro –y a veces en el mismo día-, al cambiar la representación uruguaya su delegado (cosa frecuente durante las largas horas de la conferencia), cambiaban el tono y la disposición de esa delegación, de tal manera que a veces se hacía conformista con la línea norteamericana y otras protestaba enérgicamente, en una actitud de rebeldía contra las imposiciones de algún documento.

Los demás países constituían el marco para esta reunión y algunos, como Perú, Guatemala y, a veces, Honduras, eran los caballos de batalla elegidos para dar la pelea contra Cuba. Es un viejo sistema imperialista en estas conferencias no decir las cosas por sí, sino referidas a la opinión de alguno de los lacayos dispuestos a seguir las órdenes del amo.

Cuba llegaba con veintinueve proposiciones para incluir en la declaración final y todas ellas eran de fondo y de peso.

La conferencia se inició con las plenarias donde se dicen las cosas habituales en este tipo de reuniones. Creemos sinceramente que solo hay cuatro discursos a los cuales se pudiera referir la atención de quienes siguen de cerca los acontecimientos latinoamericanos.

Uno fue pronunciado por el delegado de Bolivia, que arremetió contra el sistema imperialista con toda la dureza que permiten las relaciones de dependencia de ese país con Estados Unidos; dijo algunas verdades interesantes y anunció la decisión de tener una tasa de desarrollo neto per cápita del cinco por ciento en los próximos años.

Otro fue el discurso del delegado del Ecuador, que desde una posición muy sólida, criticó a Estados Unidos por la actitud anterior y llamó a contar a la delegación norteamericana en el momento actual.

El tercer discurso importante fue el de Dillon, que era el encargado de anunciar lo que se iba a dar. El discurso fue impreciso, cargado de vaguedades y, prácticamente, con un solo párrafo sustancioso:

Mirando hacia los años venideros y a todas las fuentes de financiamiento externo –entidades internacionales, Europa y Japón, así como Norteamérica, las nuevas inversiones privadas y las nuevas inversiones de fondos públicos-, si Latinoamérica toma las medidas internas necesarias, podrá lógicamente esperar (…) un flujo de capital del orden de por lo menos veinte mil millones de dólares en los próximos diez años, y la mayoría de estos fondos procederán de fuentes oficiales.

Como puede observarse, existe la condición previa expresada en la frase: “si Latinoamérica toma las medidas internas necesarias”. Condición cuyas características no explica bien, de modo que su interpretación queda al arbitrio yanqui.

Había ciertas menciones a la reforma agraria (a la manera yanqui) y la intención expresa de estudiar la posibilidad de adquirir ciertos compromisos en productos como café o el estaño; el resto, palabrería.

El discurso de Dillon expresó, en cierto modo, una nueva tendencia en la política norteamericana: la tendencia a modificar el sistema de explotación de los pueblos latinoamericanos y trasladar las relaciones con las fuerzas feudales hacia distintos tipos de burguesía parasitaria, con el propósito de atenuar los descontentos internos de cada país de América sobre la base de conceder pequeños triunfos al pueblo y sacrificar a las clases más atrasadas de la sociedad en provecho de las burguesías nativas, bajo la condición expresa de la total sumisión a sus intereses y la renuncia a un desarrollo propio. Esta tendencia se ha reflejado en el llamado “Plan Kennedy”, al que el propio presidente ha dado el pomposo título de “Alianza para el Progreso” y que fue presentado a las delegaciones latinoamericanas de Punta del Este como la única palabra de la política de Estados Unidos, aunque en realidad no representa ningún cambio en la tradicional esencia imperialista de tal política.

Sin embargo, no puede decirse que esta tendencia haya prevalecido por completo en la política de Estados Unidos con respecto a América Latina. Los monopolios yanquis consideran más seguro el viejo método de explotación que conocen bien y no se avienen fácilmente a la “innovación” que persigue la misma finalidad, pero trata de disfrazarla con la piel de cordero.

Es necesario precisar esto, porque, evidentemente, la conferencia de Punta del Este ha suscitado una expectación más grande que las anteriores y pudiera creerse que es algo nuevo o producto de una nueva orientación norteamericana. Todos sabemos que el imperialismo no puede cambiar, que en su naturaleza está el ser agresivo, el ser anárquico, contradictorio y hasta irreflexivo. Pero tiene que buscar nuevos caminos para encontrar la manera de sobrevivir en esta mitad del siglo XX, en el que la balanza que mide el poder relativo indica una inclinación en progresión geométrica y vertiginosa hacia el campo de los defensores de la paz. No obstante, está ensayando todas las posibilidades de maniobra, caminando al borde de una guerra mundial, guerra con la que sellaría su desaparición definitiva.

Naturalmente, en América no hay poderes militares que inquieten a los norteamericanos; lo que los inquieta es que surjan poderes populares y que adquieran tal categoría que puedan permitirse como en el caso de Cuba desafiar sus órdenes y realizar una política económica y social fuera de su control y, por lógica, mantener una política exterior que tampoco pueda ser dirigida por ellos. Por eso, los imperialistas tratan de buscar nuevos aliados, nuevos apoyos, pero sin renunciar a los viejos métodos de dominio económico y político.

La alianza del imperialismo yanqui con las burguesías nativas significa, en el terreno económico, que los “nuevos” métodos de explotación de los pueblos consisten, simplemente, en trasladar los capitales nacionales de la tierra a industrias complementarias de las de Estados Unidos, o en sustituir artículos de consumo importados por otros nacionales que dependan de la tecnología y las materias primas norteamericanas.

Hay otra fórmula en que la burguesía nacional se alía con intereses extranjeros: crean juntos, en el país dado, industrias nuevas, obtienen para estas industrias ventajas arancelarias de tal tipo que permitan excluir totalmente la competencia de otros países imperialistas y las ganancias así obtenidas pueden sacarse del país al amparo de negligentes regulaciones de cambio.

Mediante este sistema de explotación, novísimo y más inteligente, el propio país “nacionalista” se encarga de proteger los intereses de Estados Unidos promulgando tarifas arancelarias que permitan una ganancia extra (la que los mismos norteamericanos reexportarán a su país). Naturalmente, los precios de venta del artículo, sin competencia alguna, son fijados por los propios monopolios.

El cuarto acontecimiento de la sesión inaugural fue el discurso de la delegación cubana, en el que se enjuició la conferencia desde un punto de vista político.

La delegación cubana condenó severamente al régimen de Estados Unidos, historió las agresiones militares, económicas y diplomáticas sufridas en los últimos tiempos, manifestó una vez más la disposición de nuestro país a liquidar las desavenencias anteriores con Estados Unidos, poniendo como única condición previa el que no se nos impusiera condiciones; hizo un somero análisis de cada uno de los puntos, explicando lo que Cuba propondría, y anunció que, en veinte años, Cuba tendría un ingreso per cápita superior al que tiene Estados Unidos actualmente, mientras que el conjunto de los países de América, de hacerse ciertos los postulados de la “Alianza para el Progreso”, tendrían apenas unos quinientos pesos por habitante. Llamó, además, a la competencia pacífica: “Y si no nos creen, perfecto; aquí estamos para la competencia, señores. Que nos dejen en paz, que nos dejen desarrollar y dentro de veinte años vengamos todos de nuevo, a ver si el canto de sirena era el de la Cuba revolucionaria o era otro”.

Después de analizar los cuatro puntos importantes en que se dividía la conferencia, Cuba anunció que explicaría más detalladamente por qué consideraba una reunión política esta reunión del CIES y por qué consideraba que tenía como objetivo final su aislamiento. Leyó entonces parte de dos documentos secretos que amigos nuestros nos habían hecho llegar, ya hoy difundidos por el mundo. Uno de estos documentos es casi interno, de trabajo; allí se refleja solo la disposición de las fuerzas imperialistas, el desprecio hacia nuestros gobiernos y a los “nativos”.

El otro es un análisis oficial del Departamento de Estado sobre la situación en el continente americano después de la derrota de Playa Girón. Es bastante objetivo, como lo saben hacer los imperialistas, a veces, cuando trabajan en documentos secretos, y refleja algunas verdades importantes para el curso posterior de los acontecimientos. En el documento oficial del Departamento de Estado se decía que Cuba no podía ser agresora; incluso, descaradamente se hablaba de que los preparativos militares para su propia defensa, con vistas a otra invasión, eran de tal magnitud que no constituían ningún peligro para el exterior. El peligro lo constituye el ejemplo de Cuba, la habilidad de Castro para lograr demostrar la superioridad de su régimen. Hacen una advertencia muy importante:

Aun cuando Estados Unidos tuviera éxito-lo cual parece improbable- en persuadir a la mayoría de los Estados latinoamericanos a unirse en una cuarentena a Cuba, el intento no tendría un éxito total. De seguro México y Brasil rehusarían cooperar y servirían de canal para los viajes y otras comunicaciones entre la América Latina y Cuba.

La oposición mantenida por México durante mucho tiempo a la intervención de cualquier tipo no representaría un obstáculo insuperable a la acción colectiva de la OEA contra Cuba. La actitud de Brasil, sin embargo, que ejerce una fuerte influencia sobre sus vecinos sudamericanos, es decisiva para la cooperación hemisférica. Mientras el Brasil rehúse actuar contra Castro, es probable que un número de otras naciones, incluyendo Argentina y Chile, no tengan deseos de arriesgarse a repercusiones internas adversas por complacer a Estados Unidos.

Esto explica claramente la mecánica imperialista; el objetivo táctico de este momento es aislar totalmente a Cuba, porque lo que importa es el ejemplo cubano; obstáculos tácticos para esto: México y Brasil.

Muchas reflexiones trae la caída de un gobierno del más grande y poderoso país de América Latina que en su corta trayectoria fuera consecuente amigo de los cubanos, pero lo fundamental es que, en las condiciones actuales, es muy difícil para la burguesía industrial de un país determinado desarrollar su política propia en contradicción con los países imperialistas, a menos que cuente con una amplia y bien organizada base de masas y núcleos armados propios.

Así llegamos al fin de la plenaria inaugural y se inicia el tedioso improductivo trabajo de las discusiones a la luz pública, ya que todo lo importante se resolvía entre bambalinas y allí la voz de Cuba no solo no era escuchada, sino que su presencia era totalmente interdicta.

Las comisiones de trabajo eran cuatro. En la primera se trataría sobre el punto uno: desarrollo económico y social, y sobre el punto cuatro: examen anual del progreso económico y social. En la comisión dos se trataría sobre la integración económica de América Latina; en la tres, sobre los productos básicos de exportación, y en la cuatro; sobre la opinión pública y la “Alianza para el Progreso”. Este último punto (el cinco del temario), que era un intento de establecer el control norteamericano sobre la opinión pública de América Latina, fue denunciado violentamente por Cuba y vetado por la mayoría de las delegaciones importantes.

Cuba presentó, a cada una de las comisiones, proyectos de fondo que no solamente pusieron en peligro la postura yanqui, sino que, a veces, también creaban peligrosas desazones entre los delegados. Es que el miedo a Cuba era total. Había veces que Cuba defendía una posición, surgían uno o dos países que, en alguna forma, veladamente, recogían la proposición de Cuba en la discusión, sin nombrarla, y un tercero se refería orondamente a la posición de los señores delegados de tal y cual país, olvidándose que Cuba era el proponente. Naturalmente, era útil, pues al final podía introducirse la proposición, o una parte, a condición de que no fuera Cuba quien la presentara. Por ejemplo, no se habla de viviendas en la llamada Carta de Punta del Este; y no se habla por la única proposición concreta fue la de Cuba y era inadmisible para la mentalidad colonial colocar un proyecto de este país dentro de las resoluciones de la “Alianza para el Progreso”. En cada uno de los cuatro temas importantes, Cuba presentó sus propuestas con espíritu constructivo, tratando de obligar a definiciones del imperialismo.

En el punto uno del temario, el más importante, nuestra delegación presentó un proyecto sobre industrialización y desarrollo económico, en el cual se ponía énfasis en la importancia de la industrialización y de reservar de modo exclusivo a las empresas nacionales –privadas o públicas- el establecimiento y desarrollo de las industrias productoras de bienes de capital; naturalmente, no fue aprobada. Nuestra ponencia sobre reforma agraria y colonización, en la cual se preconizaba una reforma agraria profunda con interdicción de latifundios de todo tipo y de las posesiones extranjeras y el uso de la colonización solamente en último extremo, tampoco fue aprobada.

La ponencia sobre participación de los trabajadores del campo y las ciudades en la planificación del desarrollo económico y social, corrió la misma suerte. Otra sobre recursos naturales básicos para el desarrollo económico y social, en la cual se establecía la necesidad de preservar los recursos naturales y rescatarlos, en los casos en que los hubiera, de manos extranjeras, no fue tratada.

Dentro del temario se había dado importancia relativamente grande a la educación y nuestro país presentó varias proposiciones que, por ser de categoría menos conflictiva, se vieron reflejadas en la declaración final, al menos en parte. Un sistema nacional de educación gratuita y obligatoria de nueve años, propuesto, fue aceptado para seis. Una campaña movilizando todas las fuerzas populares, sugerida para liquidar el analfabetismo, no fue aceptada en su forma original.

De un proyecto sobre educación en general se recogió algo. La proposición para el establecimiento de sistemas de becas totales fue recogida en el documento final. La proposición para convertir los cuarteles y fortalezas militares en escuelas no solamente no fue aceptada, sino que, además, se colocó frente a nosotros, para discutir la procedencia de este punto, un militar peruano, que trató de demostrar, siguiendo orientaciones del general Decker, el instructor del Pentágono, la utilidad del ejército para realizar otro tipo de tareas, desde alfabetización de los campesinos hasta bienestar social, pasando por la defensa de la patria, de las “instituciones libres”, etcétera, etcétera. Fue tan bochornoso el espectáculo de este militar que se hizo un silencio completo sobre su propuesta de dar una especie de felicitación oficial para el ejército y debió retirarla.

Otras proposiciones de Cuba fueron las de educación vocacional y preparación de técnicos; sobre asistencia técnica en materia de planificación del desarrollo económico y social; un proyecto sobre viviendas, el cual decía en su punto tercero: “Recomendar la adopción de medidas tendientes a eliminar la construcción de viviendas con fines de lucro”; un proyecto sobre nacionalización de la escuela privada basado en la necesidad de poner todos los recursos del país al servicio de la educación.

En cada comisión hubo que dar una batalla, pero lo curioso es que nunca, o casi nunca, esta era ideológica; había que luchar contra los reglamentos, contra la interpretación caprichosa de los mismos, contra los frecuentes “olvidos” en la transcripción de párrafos; tratar de que las comisiones no se reunieran con Cuba ausente; en fin, hablar y hablar sin descanso, sin tener competidores enfrente; simplemente se limitaban a oír y votar.

Frente a la conmoción de las veintinueve propuestas cubanas, la mayoría de las cuales eran irrefutables y muy convenientes para la economía de los países americanos, hubo que crear rápidamente propuestas sustitutivas que luego se combinarían con la cubana en el curso de las comisiones y comités de trabajo, hasta limar totalmente la fuerza de nuestros proyectos en caso de que algo perdurara. Sin embargo, en el curso de la conferencia, después de diez días de batalla continua, se lograron algunas cosas; se veía que los delegados hablaban en otro tono diferente al ya conocido.

La delegación norteamericana, simplemente, era espectadora de los debates que se realizaban entre nuestra delegación y algunas otras. Su participación directa era muy escasa y nunca constructiva, a veces nada más que para precisar que no se podía aprobar determinada cuestión.

Un día antes de la terminación de la conferencia se presentó el proyecto de la “Declaración de los Pueblos de América” de la Carta de Punta del Este. La declaración debía ser una especie de condensación donde se reflejaran sucintamente todas las medidas acordadas en el documento original. La delegación uruguaya presentó la moción de que fuera considerado documento principal el que contiene todas las resoluciones fundamentales aprobadas por la comisión y que esta declaración final debía ser, simplemente, un documento explicativo. Todos los países firmaron el documento de Punta del Este, menos Cuba, que se abstuvo.

Un breve análisis de la “Declaración de los Pueblos de América” puede mostrar alguna de las fallas fundamentales. Uno de sus párrafos dice:

“Mantener una política monetaria y fiscal que, sin las calamidades de la inflación o de la deflación, defienda el poder adquisitivo del mayor número, garantice la mayor estabilidad de los precios y sea base adecuada para la promoción de las economías”.

Cuba lo objetó porque considera que el sistema monetario no es la base adecuada para la promoción de la economía, sino que es un reflejo de las relaciones de producción.

En otro decía: “Estimular la actividad privada para promover el desarrollo de los países de América Latina”. Cuba lo objetó.

Se habla de los veinte mil millones de dólares, de los cuales Estados Unidos proporcionará la mayor parte (como una obligación norteamericana), pero se insiste en que la mayoría serán fondos públicos (no la totalidad, como propusimos), de tal manera que se producirán menos inversiones directas de Estados Unidos y quizás tengan el tratamiento de “préstamos”. Algún país de América se verá obligado a pagar a Estados Unidos una refinería de petróleo hecha por la Esso y con la cual se extrae dinero a los habitantes de ese país, se convierte en dólares y se envía a los mismos Estados Unidos, de tal manera que el negocio es completo, porque le pagan por el préstamo y tiene derecho a los intereses de la inversión.

En el documento se habla, además, de que en los doce meses contados a partir del 13 de marzo de 1961, es decir, antes del 13 de marzo de 1962, Estados Unidos proveerá fondos públicos por más de mil millones de dólares para contribuir de inmediato al progreso económico y social de la América Latina. Pero allí mismo se precisa que las demandas deberán ser presentadas sesenta días después de firmada el acta de la “Alianza para el Progreso”, lo que indica que ya se conocen los beneficiarios o que no piensan dar casi nada, pues nadie puede acabar un proyecto de envergadura en tan poco tiempo.

Un ejemplo de cómo se trabaja en esas conferencias es el párrafo sobre la reforma agraria de la “Declaración de los Pueblos de América”, que dice:

Impulsar, dentro de las particularidades de cada país, programas de reforma agraria integral, orientada a la efectiva transformación, donde así se requiera, de las estructuras e injustos sistemas de tenencia y explotación de la tierra, con miras a sustituir el régimen del latifundio y minifundio por un sistema justo de propiedad, de tal manera que, mediante el complemento del crédito oportuno y adecuado, la asistencia técnica y la comercialización y distribución de los productos, la tierra constituya, para el hombre que la trabaja, base de su estabilidad económica, fundamento de su progresivo bienestar y garantía de su libertad y dignidad.

Aparentemente, es una declaración progresista para América Latina; sin embargo, está limada por fallas fundamentales. Dice: “dentro de las particularidades de cada país”, y después: “donde así se requiera”, de tal manera que prácticamente cada país podrá decidir “de acuerdo con sus peculiaridades” sobre el tema; es decir, la reforma agraria no significa aspiración fundamental de los pueblos de América. Además, al régimen del latifundio y al minifundio se les da el mismo valor de tenencia injusta de la tierra, sin referirse en ningún momento a las lacras del latifundio.

En la plenaria final, la delegación cubana se abstuvo de votar el bloque de documentos definitivos y pidió la palabra para exponer las razones que la obligaban a ello. Explicó que Cuba no estaba de acuerdo con la política “monetarista” ni con la libre empresa; que en el documento final no se atacaba los monopolios imperialistas, causantes de nuestros males, ni se condenaba la agresión. Además, a todas las preguntas sobre si Cuba podía o no participar, contestaba el silencio, que era interpretado como negativa, por lo que la delegación cubana manifestó que no podía participar en una Alianza que no significaba nada para nuestro pueblo. Sin embargo, nuestra delegación expresó que había algo positivo; se refirió al párrafo catorce del título tercero del documento, “Sobre la integración económica de América Latina”, donde textualmente se dice así:

A los efectos del proceso de integración y desarrollo económico que se persigue, es fundamental la participación activa del sector privado y, excepto en los países donde no existe el régimen de la libre empresa, la programación del desarrollo por los organismos públicos nacionales competentes, lejos de obstaculizar esa participación, puede facilitarla y encauzarla abriéndose nuevas perspectivas de beneficio social.

Cuba citó este párrafo expresando que era una victoria para la coexistencia pacífica, que expresaba la posibilidad de que existieran dos regímenes de diferente organización social, y la anotó como una de las cosas positivas de la conferencia. (Aunque más tarde el delegado norteamericano lo impugnó violentamente, negando el reconocimiento de nuestro Gobierno).

Se preguntó después qué pasaría si fracasaba la “Alianza para el Progreso” que, en el diagnóstico, Cuba ha condenado al fracaso y planteó la disyuntiva entre afrontar el descontento popular o cambiar los sistemas de comercio exterior, ampliándolo y diversificándolo; explicó que para esto se necesitaba una serie de condiciones especiales y la avenencia de las oligarquías castrenses.

Cuba, además, explicaba que si se seguía el camino de afrontar el descontento popular, los gobiernos caerían ante una votación popular o serían sujetos a fuertes presiones por parte de los elementos progresistas que quisieran cambiar el régimen de gobierno, y que todo esto era el germen de continuos problemas sociales en América, de los cuales Cuba no se siente culpable sino en la medida de ser ejemplo de rebeldía.

Hasta aquí el desarrollo de la conferencia. Ahora bien, ¿cómo puede considerar Cuba los resultados de esta conferencia y qué espera para América? Cuba no se debe sentir del todo insatisfecha, aunque tampoco podemos afirmar que haya sido una gran victoria de los pueblos latinoamericanos. El imperialismo tenía que demostrar la incapacidad de Cuba para vivir en paz con los otros países de América y su renuncia a intercambiar opiniones, en el marco de la OEA, con los demás países. No lo logró, y desde ese punto de vista, perdió una batalla. Del análisis de los documentos secretos leídos por nuestra delegación se desprende que el imperialismo no pensaba convencer a Brasil de que cambiara su actitud frente a Cuba.

Sin embargo, hay un punto en el cual debemos anotarle alguna ventaja al imperialismo. A pesar de las manifestaciones nuevas de rebeldía que hubo, Estados Unidos pudo manejar la situación de tal manera que la declaración final hace creer que se ha concedido una gran dádiva para nosotros los latinoamericanos, aunque las reglas para hacerla efectiva están llenas de cláusulas que la hacen sin valor; es decir, que sin comprometerse oficialmente a nada, Estados Unidos ha quedado como el suministrador de veinte millones de dólares en los próximos diez años y ha podido mantener su fortaleza americana más o menos estable, a nivel de gobiernos, se entiende, pues el pueblo continuamente crece en conciencia política, que es como decir en la conciencia de la necesidad de liquidar el imperialismo. Las proposiciones cubanas eran derrotadas, la mayoría de las veces, por veinte votos contra uno.

¿Qué importancia podemos derivar nosotros, para el futuro, de esta conferencia? Debemos considerar objetivamente que la “Alianza para el Progreso”, en el remoto caso de que pudiera llevarse a cabo en su magnitud anunciada de veinte mil millones de dólares, se haría evidentemente para financiar una buena cantidad de empresas imperialistas que desarrollan sus actividades en todos los ámbitos de América Latina, ya sea actuando directamente como empresas extranjeras o en forma mixta, y que continuarán su ciclo de ganancias fabulosas. Además, seguirán bajando, con toda probabilidad, los precios de las materias primas, vendidas fundamentalmente a Estados Unidos. Y estas bajas pueden vaticinarse sin incurrir en ligereza, solo con observar que para las materias primas que produce América (café, algodón, estaño, etcétera), hay menos demanda que oferta en el mercado mundial, y que la tendencia es a desarrollar nuevas áreas (caso del café en África).

Como las ganancias de los monopolios norteamericanos significan exportación de dólares hacia el exterior y las bajas del precio de las materias primas significan menos entrada de dólares, habrá un deterioro más o menos serio en la balanza de pagos de casi todos los países de América. Y la tendencia es a aumentar la diferencia entre las inversiones y las extracciones.

Esto se traducirá en una falta de desarrollo y creará, cada año que pase, más desempleo y más competencia por los mercados, competencia que, sobre todo en época de crisis, se hace muy violenta.

De aquí en adelante, a la primera oportunidad en que las maltrechas economías necesiten auxilio de fondos internacionales, intervendrá el Fondo Monetario Internacional, dirá su palabra “sabia y orientadora” y comprometerá más la economía del país de que se trate, cortando el crédito interno y reglando la vida económica de acuerdo a los intereses de los monopolios. Realmente, este momento se produce en América, en uno u otro país, antes o después.

La disyuntiva es precisa: para salvarse del desastre, las burguesías nacionales de nuestros países deben cambiar abruptamente su política comercial exterior, pero al hacerlo deben acondicionar su diplomacia a estos cambios. Además, tendrían que desarrollarse al máximo las posibilidades del capitalismo nacional, en los países donde existen las condiciones, para tratar de atenuar las contradicciones actuantes en la sociedad, al menos durante algún tiempo. En estos casos, sin embargo, hay un factor de gran consideración, cuya importancia se ha demostrado en el caso de Brasil, posteriormente a la conferencia del CIES. Esta fuerza es el ejército de cado uno de los países de América. Como instrumento de las viejas oligarquías feudales o de las burguesías importadoras, el ejército se resiste a que las nuevas capas de la burguesía nacional industrial tomen el gobierno y desarrollen una política propia, haciendo acto de presencia represiva inmediatamente. Los ejércitos actuales de casi todos nuestros países son hostiles a las manifestaciones de independencia, porque están ciegamente ligados a lo más tenebroso de la reacción en América y a los intereses monopolistas norteamericanos.

Lo que sí es evidente es que para desarrollar una política progresista en cuanto a diplomacia y comercio exterior, las burguesías nacionales deben establecer medidas internas de liberación de su política y aumento, al menos aparente, del nivel de vida que les permita contar con el pueblo. Pero necesitan algo más aún: contar, al menos con la neutralidad del ejército.

¿Cuál es el otro camino para los gobiernos semicoloniales? Pues, simplemente, seguir los dictados del Fondo Monetario Internacional, establecer controles cada vez más rígidos que ahoguen el crédito, aumenten la desocupación y coloquen al país en una situación de estancamiento o retroceso…y afrontar las iras populares.

También vemos dos salidas a ese camino. Una es la de algunos países que son obedientes a Estados Unidos, pero también a ciertas reglas de la institucionalidad burguesa y que, mediante elecciones libres, se avienen a entregar el gobierno a sus sucesores. Naturalmente que el sucesor habrá hablado durante su campaña como el presidente Quadros lo hiciera; habrá prometido algo y tratará de cumplirlo.

Pero ¿qué pasará? Una vez más estaremos frente al dilema: o se suprime el ejército opresor o no se puede desarrollar una política independiente en América. Y para cambiar el ejército, desgraciadamente, nos parece que habrá que luchar, pues tiene las armas. Representa clases condenadas históricamente, pero que no quieren abandonar sus prerrogativas sin intentar la lucha.

Con respecto a la otra posible situación, se trata, simplemente, de burlar la voluntad popular, establecer una nueva dictadura castrense o acentuar la que ya existe, aumentar la explotación del hombre por el hombre y la expoliación de las burguesías nacionales y de las capas inferiores del pueblo por los monopolios extranjeros, y reprimir, reprimir hasta lo infinito. Los trabajadores de cada país de América sujetos a este régimen aumentarán día a día sus deseos de liberarse drásticamente de la opresión. Verán a lo lejos el ejemplo de Cuba; verán más lejos, más luminosos, más importantes aún, los grandes ejemplos de todos los países socialistas y principalmente de la Unión Soviética, que dio el primer paso en la liberación del hombre. Irán cargándose de odio, calladamente, hasta que, un día, en algún lugar, brote la chispa y nazca una nueva llama revolucionaria en América.

Fatalmente, caminando con los rápidos pies que la historia tiene en estos momentos convulsos de la humanidad, ese día se acerca para la América entera.

Tomado de Che en la Revolución Cubana. Tomo I. Escritos y cartas. Compilador Orlando Borrego, Editorial José Martí, La Habana, p.67-82. Publicado en el blog Dialogar, Dialogar.

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