El Che en la Revolución Cubana

Palabras de Fernando Martínez Heredia en la presentación del tomo 7 de la obrar El Che en la Revolución cubana, durante la Feria del Libro de La Habana. Tomado de Cubadebate.

La publicación de este séptimo tomo de El Che en la Revolución cubana constituye un punto de llegada y, al mismo tiempo, un punto de partida.

Hace tres años, el 11 de enero de 2014, Orlando Borrego, Jacinto Valdés-Dapena y yo presentamos los tomos uno y dos de esta colección en el ya tradicional espacio Sábado del Libro. Dije entonces que la aparición de estos siete tomos constituía un gran paso de avance en cuanto a cubrir la necesidad y la urgencia que tiene Cuba de un pensamiento propio, de un pensamiento socialista cubano. Se iniciaba así una publicación que hoy coronamos, con la gran satisfacción del cumplimiento con gran calidad y en el tiempo fijado.

La historia completa es mucho más larga en el tiempo. La de la obra comienza con la feliz iniciativa, audaz en más de un sentido, del compañero que está hoy en esta mesa: Orlando Borrego Díaz, el creador principal de la obra El Che en la Revolución cubana. El joven teniente del Ejército Rebelde que se convirtió en funcionario de la Revolución bajo el magisterio del Che y desempeñó altas responsabilidades en aquella aventura de sacar adelante la dimensión económica de la nueva sociedad de liberación y socialista que dirigió el Che. Borrego ha sabido estar a la altura de la confianza depositada en él por el Che, como animador del Seminario de El Capital, infatigable defensor y divulgador de su pensamiento a lo largo de toda la vida, y autor de textos de enorme valor sobre el pensamiento y la obra del Che. Para mí es además una persona entrañable, porque Borrego y yo hemos anudado una hermandad que se inició una noche, hace cincuenta y un años, en buena compañía.

En 1966, Borrego concibió y logró llevar a la realidad la idea sumamente ambiciosa de rescatar de las fuentes más diversas los productos incontables de la actividad creadora de Ernesto Che Guevara desde el triunfo de la Revolución cubana hasta su partida hacia el Congo, el 1° de abril de 1965. Al trabajo tan grande y complejo que esa tarea conllevaba se ha referido un poco Borrego, yo solo quiero añadir que fue una gran proeza en varios sentidos. El más trascendente fue comprender el inmenso valor histórico que tendría aquel material que entonces formaba parte de la cadena interminable de grandes acontecimientos y trabajo cotidiano incesante de la Revolución, y sacarlo literalmente, salvarlo del turbión y convertirlo en siete libros de edición admirablemente cuidada, que constituyen la más amplia compilación que existe en una sola obra de lo que dijo o escribió el Che a partir de 1959. La tirada fue ínfima, en el papel que consiguió reunir el compilador para que se imprimieran aquellas miles de páginas.

Aquella primera edición fue un empeño intelectual, ideológico y político de enorme alcance, una contribución a la batalla que se libraba, bajo la dirección de Fidel, por el triunfo de las ideas más revolucionarias dentro del campo de la Revolución cubana. Como participante en ella, tuve el honor de recibir uno de los ejemplares de la obra. Porque compartí los afanes de aquellos años sesenta por darle a conocer a todos el pensamiento del Che, y porque conservo el recuerdo de la hermandad de ideales y la amistad de compañeros que ya no están con nosotros, como Luis Alvárez Rom y Enrique Oltusky, este momento también tiene un valor muy grande para mí.

Pasaron más de cuatro décadas durante las cuales El Che en la Revolución cubana, desconocido por las mayorías, era rara vez mencionado. En la presentación de los dos primeros tomos dije que parecía un sueño inalcanzable una segunda edición de esta obra que estuviera al alcance del pueblo. Pero el porfiado Orlando Borrego emprendió en el nuevo siglo, y llevó a cabo, la tarea de escanear la obra y darle así un soporte digital. Puesto en contacto con la entonces presidenta del Instituto Cubano del Libro, Zuleica Romay Guerra, ella tuvo una gran sensibilidad revolucionaria, porque desde ese momento en adelante aprobó y apoyó la idea de publicarla, combinó la diligencia y la habilidad, el respeto y la firmeza, hasta lograr la rápida puesta en marcha de la edición, y velar por sus sucesivas etapas de cumplimiento.

Las direcciones sucesivas, las editoras y los demás trabajadores de la Editorial José Martí han desplegado una actividad ejemplar para convertir en siete hermosos tomos el proyecto, para cumplir en tiempo, pese a los innumerables problemas de tantos tipos que existen en la actualidad. Con una extremada laboriosidad y celo, con conciencia y amor por lo que estaban haciendo, ellos, los funcionarios y técnicos del Instituto involucrados y los trabajadores de las imprentas, han logrado esta colección de cinco mil ejemplares cada tomo. Este es un triunfo, que me place mucho destacar, del Instituto Cubano del Libro, una institución cultural que es hija de la casi inabarcable iniciativa y pasión creadora de revoluciones culturales de Fidel.

Quiero recordar también a otro compañero, al que su estado de salud no le permite acompañarnos hoy aquí, Jacinto Valdés-Dapena, otro valioso luchador de toda la vida por dar a conocer el pensamiento del Che, que en estos años ha sido un colaborador sumamente valioso para las compañeras de la Editorial José Martí y un tenaz impulsor del proyecto. Erudito y discreto, Jacinto es uno de esos pilares de la obra revolucionaria cubana mediante la dedicación y la entrega de toda su vida, y es también un hermano mío desde hace medio siglo.

De otra historia, la del autor de la obra que estamos presentando, nunca se terminará de hablar. Esta presentación es también importante porque es una de las primeras actividades por el Che en el año del cincuentenario de su caída en Bolivia. Y el contenido de este tomo final, preparado en 1966, en la colección que el Che pudo conocer en Pinar del Río, cuando se preparaba militarmente para Bolivia, resulta muy alusivo al remate que tuvo la vida misma del Che, algo que el compañero y compilador estaba lejos de prever. Trae un conjunto de escritos de Ernesto Che Guevara que están reunidos por su asunto: la insurrección, la lucha armada como recurso supremo de los revolucionarios, su naturaleza política y sus características principales, los consejos que puede ofrecer un hombre tan conocedor experimentado como combatiente y como jefe, y pasajes de la historia de la insurrección cubana. Entre otros textos contiene los dos libros que el Che publicó en Cuba: La guerra de guerrillas y Pasajes de la guerra revolucionaria. El segundo, editado por la Unión de Escritores y Artistas, tiene a mi juicio extraordinarios valores para penetrar los sentidos profundos y avanzar en el conocimiento verdadero del proceso de la insurrección cubana, al mismo tiempo que muy notables virtudes literarias. Pero el Che no pretendió ser un literato. El rigor inaudito al que sometió siempre sus actos y sus productos intelectuales refrenó la natural inclinación a alternar en la república de las letras que podía abrigar una persona que tenía tantas lecturas, tanta sensibilidad literaria y prendas de escritor, y tantas vivencias. Sin embargo, el Che estaba totalmente consciente de su lugar histórico, sin duda en cuanto individuo, pero sobre todo como uno de los protagonistas de la revolución cubana y de la nueva ola revolucionaria que estaba recorriendo el mundo.

La guerra de guerrillas es un texto destinado a aumentar las capacidades de los combatientes y enseñarles a pensar sobre las acciones mismas y la organización de la guerra revolucionaria, y un conjunto de indicaciones sobre cómo desarrollar mejor las actividades guerreras. Es uno entre tantos ejemplos del Che como educador, que actuaba en todo momento –hasta en los más difíciles—para que los humildes se apoderaran de la palabra escrita y aprendieran a no conformarse con menos que la superación sistemática de sus capacidades y su mundo intelectual. Que creaba instituciones y tomaba medidas para aumentar los niveles generales y especializados de todos, y aspiraba a que el pueblo cubano tuviera a su alcance un pensamiento que estuviera a la altura de sus prácticas revolucionarias y la nueva vida a la que se asomaba.

La modesta edición de La guerra de guerrillas fue impresa en los talleres tipográficos del INRA por el Departamento de Instrucción del Ejército Rebelde, después MINFAR, que dirigía el Che, con ilustraciones realizadas por un teniente rebelde. Como colofón llevaba este mensaje: “Compañero: este libro pretende ser una síntesis de las experiencias de un pueblo. Si crees que se deba agregar o cambiar algo, comunícalo al Departamento de Instrucción del MINFAR”.

La unión de las circunstancias y las actitudes de cada individuo hacen que predomine en este determinado aspecto; así se forma el hombre de acción, o el hombre de pensamiento. El niño Ernesto fue un gran lector, y el adolescente un enamorado de las ideas, pero desde temprano en su vida salió en busca de la acción. Enrolado en una lucha armada, pronto descolló en ella y fue uno de los protagonistas de la guerra revolucionaria cubana. El Che fue el nombre de bautizo de un hombre de acción. En los seis primeros años del poder revolucionario tuvo una actividad intensísima, política, administrativa e intelectual, como recoge esta colección. Y en los dos y medio últimos años de su vida volvió a ser, sobre todo, un hombre de acción. Así se podría describir el transcurso de su existencia.

Pero lo cierto es que Ernesto Che Guevara fue un hombre de ideas, y las ideas guiaron siempre su actuación, aunque fue uno de esos raros casos de una persona que es descollante tanto en el pensamiento como en la acción. En todo momento pensó el mundo en que estaba viviendo, sus rasgos y sus problemas esenciales, analizando tanto las cuestiones inmediatas como los aspectos trascendentes de la causa en que se involucraba. Aprendió que la praxis es creadora de realidades que los sistemas de pensamiento no pueden admitir o no creen posibles. El Che pensador intentó que el desarrollo de las nuevas realidades creadas probara el acierto de las ideas más revolucionarias –al mismo tiempo que impulsaran y transformaran a esas ideas. Buscaba también en esa dialéctica un suelo social a la parte que en sus definiciones conceptuales le pedía prestada al futuro. El Che no convertía su concepción en una camisa de fuerza dogmática, y le reclamaba a sus compañeros de actuación que pensaran, y que ejercieran la libertad de pensar.

Che fue un hombre de estudios, que practicaba sistemáticamente la superación personal, la pregunta y la duda, sin ceder nunca a la tentación de creerse un sabio. No se arropaba con la teoría marxista, ni se escudaba en ella. Criticó a fondo a la corriente que en aquella etapa era la más poderosa e influyente dentro del socialismo y el marxismo, pero nunca pretendió hacer tienda aparte con sus ideas. Sin embargo, la necesidad y su genio lo llevaron a producir una concepción específica, suya, que engrosó y desarrolló una corriente revolucionaria del marxismo que había sido relegada, en un momento histórico crucial. El Che fue un hereje. En tiempos de creación revolucionaria, la herejía es fundamental, porque lo instituido obra a favor del orden vigente o del que ha existido siempre, y nunca actúa a favor de los cambios profundos y radicales de las personas, las relaciones, la vida y las instituciones.

Su despedida de la etapa que está recogida en El Che en la Revolución cubana fue nada menos que El socialismo y el hombre en Cuba, uno de los textos fundamentales de la historia del pensamiento revolucionario en América Latina. Es el manifiesto comunista de la Revolución cubana, la proclama que le explica al mundo la verdadera naturaleza del socialismo y el camino de liberaciones que necesitan recorrer los seres humanos y las sociedades. Y en la obra del Che, este texto expresa la síntesis de su pensamiento maduro sobre la transición revolucionaria del capitalismo hacia el socialismo y el comunismo, y el inicio de una nueva etapa de su profundización. Y en los días en que se preparaba para marchar a la guerra en Bolivia escribió el Mensaje a los pueblos del mundo desde la Tricontinental, que es uno de los momentos culminantes de las ideas sobre estrategia revolucionaria latinoamericana y del llamado Tercer Mundo en una época singular, la de la segunda ola revolucionaria mundial del siglo XX.

En los últimos dos años y medio de su vida, que se inician con la partida hacia África, Ernesto Che Guevara se dedicó a dos tareas: impulsar la revolución en el mundo, con el arma en la mano, para ayudar a forzar la situación a favor del campo popular y de la causa cubana; y desarrollar su concepción teórica y su exposición escrita, para servir mejor al pensamiento crítico comunista y de liberación. La primera tarea fue la priorizada, a ella le dedicó sus esfuerzos constantes, su audacia y su entrega revolucionaria, y por ella dio su vida.

Hace veinte años, Fidel calificó como el destacamento de refuerzo a la llegada a la patria de los restos de Ernesto Che Guevara y sus compañeros de la guerrilla de Bolivia. Eran tiempos difíciles. En un hermoso evento, el de “Paradigmas emancipatorios de la América Latina”, que reunió a más de cien activistas sociales de la región con muchos cubanos hace cinco semanas en La Habana, yo les comentaba que, en realidad, en las revoluciones verdaderas no hay coyunturas fáciles. Aunque explicaron que los procesos de cambios y las luchas populares del continente están confrontando muy serias dificultades, ellos expresaron con entusiasmo su convicción en que la determinación y la acción revolucionarias constituyen el único camino por el que los pueblos se volverán capaces de mantener o de ganar sus derechos, y lograrán finalmente vencer.

Esos latinoamericanos, como tantos otros en la región y tantas personas en el mundo, confían en que Cuba seguirá siendo el ejemplo maravilloso de lo que pueden lograr los pueblos, y un faro de esperanza de los que resisten o pelean en el planeta, y de los aspiran a otra vida y otro mundo sin tantas iniquidades. Tomemos una vez más al Che como refuerzo, armémonos con sus ideas y con su ejemplo, en la situación compleja y difícil en que vivimos hoy, para que podamos conmemorar de la mejor manera el cincuentenario de su caída, que es manteniendo viva y triunfadora su causa, la causa de Fidel, la causa de la revolución.

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