Arabia Saudí intenta frenar el ascenso de Qatar como potencia a escala global

Texto: Julián Aguirre. Tomado de Resumen Latinoamericano Medio Oriente.

Una polémica por comentarios atribuidos al emir de Qatar, Sheikh Tamim bin Hamad Al Thani, respecto de varios temas internacionales escaló en una crisis política y diplomática sin precedentes. El lunes 5 de junio, los gobiernos de Arabia Saudita, Bahrein, Egipto, Emiratos Árabes Unidos y Yemen cortaron sus lazos diplomáticos con el reino. La decisión fue fundada en acusaciones contra el gobierno qatarí de apoyar a diversos grupos terroristas en la región pero expone tensiones mucho más profundas en torno a la competencia por el liderazgo regional.

A mediados de mayo trascendieron en la prensa árabe y redes sociales opiniones adjudicadas al monarca de Qatar, donde se mostraba sumamente crítico de la política exterior de varios de sus aliados, entre los que están Arabia Saudita y los EE.UU.

Desde Doha, la capital qatarí, afirman que las declaraciones del emir Al Thani y otras de su ministro de Exterior no eran verdaderas sino que se trató de una operación dirigida por hackers informáticos para golpear la imagen del reino. Pero poco pudo hacer para evitar las represalias. La coordinación y la rapidez con la que se ejecutó la decisión hablan de una planificación previa.

Juego de Tronos 

La crisis amenaza con quebrar al Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), alianza política, militar y económica que reúne a las seis petromonarquías árabes: Arabia Saudita, Bahréin, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Omán. Pese a que estos países poseen intereses fuertemente entrelazados, desde la fundación del CCG ha fluido una tensión por debajo alrededor de cómo distribuir el rol de liderazgo, que la monarquía saudí ha pretendido monopolizar.

Desde la óptica saudí, esta acción supone una clara acción disciplinadora que afirma que no tolerará terceras vías dentro de su proyección regional. Desde el ascenso al trono del rey Salman en 2015, su política exterior se destacó por un agresivo giro hacia la beligerancia y el uso de la fuerza (económica o militar). A su lado, sus vecinos qataríes habrían comenzado a demostrar un exceso de autonomía en su política exterior, señales claras de que no se conformaba con ser un socio menor subordinado a la familia Saud. En otros comentarios, el emir reconocía el lugar del movimiento palestino Hamas como representante legítimo de su pueblo, en la mira de Israel y de la “guerra contra el terror” que centra el discurso exterior de Washington. Por años, el secretario general de la organización palestina, Khaled Meshaal, y otros miembros de su dirección han residido exiliados en Doha.

El estallido se produjo poco después de la gira del presidente estadounidense, Donald Trump, por la región. Durante su paso por Arabia Saudita compartió los lineamientos generales de su política exterior a diferentes jefes de Estado de países islámicos. Resulta improbable que los saudíes no hayan adelantado esta decisión a sus aliados norteamericanos, con quienes acaban de firmar convenios millonarios que incluyen varios contratos militares.

A mediados de mayo trascendió la oferta hecha por parte de Arabia Saudita y otros Estados del CCG de normalizar sus relaciones con Israel. A cambio se reclamaba que Tel Aviv cumpliera con su compromiso en la solución de dos Estados para resolver el conflicto árabe-israelí. Dentro de este ofrecimiento poco lugar queda para Hamas, que no se encuentra por el momento dentro de ninguna solución política defendida por el gobierno israelí o la Casa Blanca.

La sombra de los Hermanos

Detrás del argumento (ya vacío de significado) de sancionar a un Estado por “promover el terrorismo” hay un tensión acumulada por intereses regionales contrapuestos. Un elemento de disconformidad con la dinastía Al Thani es su alianza con la Hermandad Musulmana, movimiento político y social islamista nacido en Egipto en la década del ´20 del siglo pasado pero con diversas ramificaciones -Hamas entre ellas- por toda la región.

Qatar ha sido el principal aliado del gobierno de los Hermanos en Egipto encabezado por Mohamed Morsi y derrocado en 2013. Esto lo ha situado en la mira del gobierno del mariscal convertido en presidente de Egipto Abdel Fattah al Sisi. De la misma manera, Qatar y Egipto apoyan a coaliciones de milicias enfrentadas por el control de Libia.

A la par de las represalias diplomáticas, las oficinas de Al Jazeera -el gigante mediático dirigido por la familia real qatarí y pilar de su influencia global- en Riad (capital saudí), fueron cerradas el mismo día. La cadena de noticias ya había protagonizado varios desencuentros con los gobiernos de Egipto, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos por su cobertura “poco satisfactoria” de conflictos en Yemen o Libia, donde estos países se hayan comprometidos.

En los últimos años, corresponsales del canal fueron procesados y encarcelados en Egipto por cubrir la represión a las protestas contra el gobierno y por la mirada “complaciente” de sus reportajes hacia la Hermandad Musulmana, proscripta en el país bajo la figura de terrorismo.

Sismos

Desde el ministerio de Asuntos Exteriores de Irán se ha llamado al diálogo para bajar las tensiones. No obstante, los hechos resultan beneficiosos para la posición iraní en la región.

Con su inmensa concentración de riqueza energética y financiera, el CCG ha encabezado la disputa por la hegemonía regional con Irán y promovido el aislamiento de la nación persa. Entre los dichos que hicieron estallar la crisis, Al Thani admitía el status de Irán como una potencia islámica a reconocer y se mostraba disconforme con la estrategia de aislamiento que se viene propiciando contra este país, acorde a la línea dura promovida desde Washington.

Conflictos como los de Yemen y Siria encuentran al CCG e Irán apoyando a bandos contrarios. Pero según cómo se desenvuelvan los acontecimientos en los próximos días y semanas podría verse un reacomodamiento en las alianzas regionales.

Lo destacado es que esto rompe de lleno con la narrativa predominante que guía la manera en la que medios de comunicación y buena parte de las academias abordan los hechos en el Medio Oriente. Este relato encapsula los principales eventos y conflictos regionales de los últimos años en torno a una división étnico-religiosa entre los Estados musulmanes sunitas (representados en el CCG y otros países como Turquía y Egipto) y el llamado arco musulmán chiita encabezado por Irán.

Esta lectura se vuelve insuficiente frente a la realidad de situaciones como esta, donde los intereses, agendas y estrategias que articulan la manera en que cada actor se comporta no se basan en rígidos esquemas unidireccionales. Busca explicar toda la dinámica de una región tan compleja parándose sobre un único vértice (la identidad), excluyendo la geopolítica, las dinámicas sociales e institucionales internas de cada sociedad, la influencia de Estados y bloques externos a la región y los flujos de la economía.

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