El día siguiente

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Texto: Lorenzo Gonzalo, tomado de Martianos.  Foto: Héctor Planes Mesa, Resumen Latinoamericano Cuba.

El día siguiente es el título de una película (The day after) del año 1983, recreando la ficción de una guerra entre las fuerzas de la OTAN y el Pacto de Varsovia, que a pocas horas de comenzada se convierte en una conflagración nuclear. 

El que nos toca hoy no tiene ni remotamente las mismas dimensiones. Es el día siguiente de la comparecencia del Presidente Donald Trump en un teatro de Miami, bautizado con el nombre del Jefe Civil de la Invasión a Cuba por Playa Girón en 1961. Como es sabido fue una operación compuesta de cubanos que enfrentaban al gobierno revolucionario cubano, organizada por la CIA en coordinación con el Departamento de Estado de Estados Unidos, cuyo entrenamiento y supervisión estuvo encomendada al ejército estadounidense. Equipos de todo tipo, desde aviones de combate y bombarderos, hasta tanques blindados, equipo militar y de comunicaciones que pocos años antes estaban destinados a la Segunda Guerra Mundial, finalizada en 1945. Desembarcaron y fueron derrotados en tres días por las milicias populares año y medio antes.

Como mencioné hace unas semanas anticipando esta visita, repito ahora: “El viaje de Trump a Miami”, “es todo un show más del histrionismo que le ha permitido manipular a más de uno. Dirá que hará cambios, pero continuará con la línea general de la anterior Administración”. Así resultó su visita, aunque un poco más condimentada.

El tono de confrontación, es inapropiado a pocas semanas de la filosofía contemporizadora inaugurada en la era de Obama. Trump envió mensajes torcido que muchos pueden interpretar equivocadamente.

A penas terminado el discurso, que parecía una réplica de las que hacen los líderes sindicales parados sobre una caja de bacalao o de cerveza, los “representantes” allí presentes, de la corriente que en Cuba se llaman opositores, emitieron el lógico juicio que podía inferirse de las palabras del Presidente.

Un tal Rodiles que viaja continuamente a Miami con fondos provenientes de instituciones estatales supeditadas a Washington, expresó: “es un cambio de política en la forma que se diseñó (se refería al diseño de Obama) y se está presentando, es un encuadre profundo”. Agregó luego “ahora el interlocutor es una dictadura”.

Efectivamente, el Presidente Obama tomó la decisión de comenzar a hacer cambios en la política hacia Cuba, sin etiquetar al gobierno de dictadura, satrapía u otras deducciones que necesariamente no siempre se corresponden con las realidades y que por lo general nacen del espíritu de ofender, juzgar y condenar.

Si el Presidente del país dice que luchará por cambiar el gobierno cubano, así lo dijo, estaba implicando derrocar al actual. Algunos chiflados u oportunistas pueden interpretar perfectamente que hay luz verde para conspirar.

Fue un discurso irresponsable por el tono bravucón y colocarle al gobierno cubano la etiqueta de dictadura, cosa que no hizo cuando visitó Arabia Saudita o cuando se refiere a Vladimir Putin.

Además, el contenido de sus palabras, las cuales dejaron implícito que no hay arreglo con La Habana bajo el actual gobierno, asunto que ni el mismo Trump se lo cree porque contradice el rumbo actual de la política internacional, apeló al canto de sirena de los Derechos Humanos, a menos de un mes de visitar Arabia y decir que lo importante era el contacto y hacer negocios. Los horrores que se cometen allí a las órdenes de la familia real carecieron de importancia y así lo dejó entender.

Resultaron muy contradictorias sus palabras, al decir que está dispuesto a conversar con el gobierno cubano si éste acepta todo lo expresado en la Ley Helms Burton, la cual establece que “los Castro tienen que abandonar el Poder”.

En medio de tantos escándalos, investigaciones de conducta política impropia, cuestionamientos sobre fidelidad patriótica y hasta de conspiraciones, este Presidente quien es sólo un representante del Poder (sectores diversos, la mayoría adinerado) que Administra el Estado, se da el lujo de contradecirse a sí mismo cada vez que abre la boca. Comenzó diciendo que no se inmiscuye en los asuntos de Cuba, filosofía que ha defendido en sus declaraciones sobre política exterior y luego dice que el gobierno de los Castro, “tiene que irse. Dijo más, dijo que algún día pagarán por sus crímenes quienes los hayan cometido.

No sabemos a quién creer, si al Trump del comienzo del discurso, al que se reunió con la familia real saudita, al enamorado de Vladimir Putin o a su ministro de relaciones exteriores Rex Tillerson quien manifestó en una audiencia ante el Senado: “estamos motivados por la convicción que, mientras más nos comprometamos con otras naciones en temas de seguridad y prosperidad, más oportunidades tendremos para conformar los derechos humanos de esas naciones”. 

Hoy el New York Times catalogó el discurso de “cínico” y se pregunta qué sucederá con la relación productiva que se había obtenido con “un viejo adversario” que “Mr. Trump parece determinado a convertirlo en uno nuevo”.

Por lo pronto los “opositores”, “disidentes” y otros nombres similares que hagan posible un buen financiamiento para vivir del cuento, están de plácemes. Lamentablemente y para bien, morirán de desengaño y quienes lleguen a creer que Trump les financiará una lancha de desembarco u otra acción violenta en contra de Cuba, posiblemente terminarán pudriéndose en una prisión federal estadounidense o nacional cubana.

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