¿Que la oposición venezolana no era democrática?

Tomado de La época

En la última semana se ha registrado una escalada de violencia en Venezuela. El protagonista activo de ese nivel de violencia es la oposición, cuyo discurso democrático se va cayendo todos los días y ante la mirada cómplice de muchos gobiernos, instituciones regionales como la OEA y el aparato mediático transnacional.

 Bastan tres ejemplos para ilustrar la línea violenta y antidemocrática de la oposición venezolana, cuyo verdadero rostro no se le muestra a la opinión pública mundial por el papel encubridor de los medios de comunicación. El primero, es el secuestro de un helicóptero del Cuerpo de Investigaciones Científicas y Criminalísticas de Venezuela (Cicpc) por parte de Oscar Pérez, quien el 27 de junio lanzó explosivos y disparó desde una ametralladora contra el Tribunal Supremo de Justicia y el Ministerio del Interior. Segundo, el incendio de 40 toneladas de alimentos en el Estado de Anzoátegui y tercero la quema de tres personas que comercializaban alimentos.

Estas tres acciones no son de ninguna manera de oposición democrática. En cualquier parte del mundo eso es terrorismo. Las críticas al gobierno bolivariano de convocar a una Asamblea Nacional Constituyente, a todas luces en sujeción a la Constitución Política del Estado, y de calificar al presidente Nicolás Maduro de “dictador”, se despintan, como era de suponerse desde un inicio, cuando lo que se pone en marcha es una estrategia de sabotaje económico y de terrorismo. No es el pedido de más democracia sino el despliegue de más acciones violentas, organizadas y ejecutadas por grupos preparados, la que muestra con claridad meridiana que la oposición venezolana es todo menos democrática.

 Es evidente que el imperio y las fuerzas de derecha no democráticas –pues hay un sector minoritario de derecha que está dispuesto a dialogar con el gobierno de Maduro- lo que quieren es la reversión –por usar un término incorporado por el Pentágono en la década de los 80- del proceso revolucionario venezolano abierto en 1998 y luego su expansión hacia otros gobiernos de cambio de América Latina. Esta concentración de fuego –de distinto tipo y calibre- contra la revolución bolivariana se explica porque esta representa un ejemplo para otros pueblos del mundo a pesar de la grosera campaña mediática en su contra.

 La apuesta de la derecha internacional es liquidar todo espacio de construcción de proyectos emancipadores o la conquista de mayor autonomía frente a un imperio que se resiste a aceptar la declinación de su hegemonía y que apunta, por medio de la violencia, a mantener y/o restablecer un mundo unipolar que es insostenible en el tiempo. Y el restablecimiento de esa dominación implicaría la puesta en marcha de mecanismos destinados a escarmentar a los pueblos para que no se atrevan, nunca más, a levantar las banderas de la soberanía, la independencia y la autodeterminación.

 Esta ofensiva contra el gobierno de Venezuela, desde una trinchera antidemocrática y con métodos violentos, es una señal poderosa de que el capital no acepta el más mínimo cuestionamiento a su reproducción por medios legales y extraeconómicos y no tolera la puesta en marcha de mecanismos de distribución de riqueza. Por tanto, la ofensiva no solo es contra Venezuela sino contra todos los pueblos que sueñan ser libres de toda forma de dominación.

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